viernes, 24 de febrero de 2012

Re-conectando

Sé que hace mucho que no escribo. Lo sé. Y yo que pretendía hacer, al menos, una entrada al día. Pero tengo los días demasiado completos y apenas tengo tiempo. Y cuando lo tengo, sencillamente no me apetece.

Tengo que hacer una recopilación de varios días, así que voy a intentar que no me falle la memoria. Cuanto más cerca éste lo que cuente de la última vez que escribí, menos detalles podré dar porque los habré olvidado. Si no me equivoco (y es difícil que me equivoque porque acabo de volver a leerlo y tan corta no soy, todavía) lo último que conté es que tenía por ahí un miércoles libre, del que pensaba disfrutar plenamente, y pretendía dilatarlo lo más posible para hacer todo lo que tenía pendiente. Lo cierto es que apenas pude hacer la mitad de lo que quería. Tampoco conseguí entender la serie esa de la que os hablé, de Laurie y Cumberbatch, porque a decir verdad ni siquiera he vuelto a intentarlo. Me olvidé de ella por completo. Eso fue el 15 de Febrero, así que ha llovido desde entonces (bueno, no en sentido literal, pero se me entiende).

Al día siguiente conocí a otros dos profesores, cada uno de ellos con una de las asignaturas de éste nuevo cuatrimestre. Mi profesor de Literatura medieval (Literatura Española Medieval: desde los orígenes al siglo XIV) es un hombre de cincuenta y… (cincuenta y tres si no he calculado mal, a partir del año en que nació, según nos dijo él mismo) que por su físico y su forma de hablar tendría que recordarme a mi padre pero no me lo recuerda en absoluto. Es un hombre maravilloso, tremendamente culto, y por eso, a falta de ideas y tiempo para pensar en un mote mejor, le voy a llamar Don Sabiduría. He tenido cuatro clases con él, hasta la fecha (dos jueves y dos viernes) y aunque intensas y llenas de información, me han encantado. Aunque lógicamente también hemos hablando de literatura, lo que más hemos tratado aun, en una especie de introducción, ha sido la sociedad y la vida en aquella época. Si tuviera tiempo y ganas, podría decir un montón de cosas (no estoy segura de si de alguna utilidad) sobre la gente del siglo XII y XIII. Además, no sé cómo lo hace para hablar de botánica, medicina, arte plástico, y siglo XIX a la vez que nos cuenta todo lo que vamos a necesitar saber para entender las obras que leamos. En serio, es increíble. Tenía muchas más cosas que decir sobre él, pero tengo cosas que hacer y tampoco quiero extenderme demasiado. Si me acuerdo, desmenuzaré cada aspecto de sus clases otro día.

En cuanto al otro profesor, el de Filosofía, (Corrientes actuales de la Filosofía: Grandes Paradigmas) es todo un caso. En muchos sentidos, es por él y por su asignatura por lo que no he escrito antes aquí. Me desanimé completamente… Siempre me he interesado por la filosofía, y en el colegio se me daba bien. Quizá mejor incluso que la literatura, porque siempre he entendido el razonamiento de otras personas, y he sido capaz de sacar el mío propio en conclusión, al margen de estar o no de acuerdo con lo que piensan. Con la literatura lo que pasa es que me encanta, pero no creo tener ningún talento natural para ello. Por eso mismo, tener ésta asignatura en la carrera me hacía mucha ilusión. Hasta el primer día, cuando por fin la tuve.

El profesor es joven, pelo castaño, gafas, y con un aire a bibliotecario. Tiene alguna clase de deformidad en la boca, según creo, aunque no he podido verle muy de cerca para comprobarlo - sigo pensando que somos demasiados en clase -. Habla de forma muy rara, bajando y subiendo el tono de voz sin ninguna lógica, dando énfasis en los momentos más extraños, y sobretodo, gesticulando como si estuviera poseído. Esto no me molestaría de no haber estado a punto de ocasionarme un infarto en más de una ocasión. El problema principal es, sin embargo, esa forma tan particular de hablar castellano, que hace que parezca un idioma diferente. Creo que no conoce lo que es una oración subordinada, y por ello mezcla oraciones sin ningún sentido. Y además debe de gustarle el eco, porque repite los finales de las frases unas tres veces.

Debería consolarme el no ser la única que no lo entiende. La gente ha dejado de ir a su clase, y sé que no soy la única que piensa que aparte de mezclar sus propias ideas político-económicas (y ahora me siento como un personaje de Galdós que combinaba palabras constantemente) entre el temario, se esfuerza por complicar cosas que son en esencia sencillas. Todo eso debería consolarme, pero no lo hace, porque el examen voy a tener que hacerlo igual. Y porque la asignatura debería gustarme, y no es así.

Eso no es todo. El segundo día, alguien se atrevió a decirle que no entendía lo que había dicho, y el profesor respondió que él creía que el estudiante debía ganarse el derecho a preguntar, y que no se ganaba hasta acabar la carrera. Así que, hasta que estuviéramos graduados, no podíamos hacer preguntas en su clase, ya que era normal que hasta entonces no lo entendiéramos porque, según él, la filosofía se entiende a largo plazo. Aunque puedo intuir que hay algo de cierto en el hecho de que la filosofía no es fácilmente asimilable, y que no debemos interrumpir la clase con tonterías hasta que sepamos bien de lo que hablamos, tenemos derecho a preguntar por el simple hecho de que pagamos por ello. Y porque sino, no habría diferencia entre ir a clase y no ir, teniendo en cuenta como son las cosas en la universidad. Pero cuando hay una mano levantada, la ignora. Y si alguien alza la voz, cansado de tener la mano levantada, te responde de mala manera, diciendo que si no lo entiendes deberías ir a una tutoría en vez de interrumpir su clase. Pues ale. Iremos los ciento y pico a la tutoría, a ver si ahí quieres responder a las preguntas. Lo que pasa es que como surgen cinco preguntas por clase, y hay dos clases a la semana, no se yo si va a tener tiempo de respondernos. Quizá acababa antes explicándose mejor, o respondiéndonos en general, en clase, porque seguro que mis preguntas son casi las mismas que las de al lado. Pero bueno, que haga lo que quiera, que yo ya me he resignado. Hay que ver, que gente más simpática hay por el mundo.

Creo que le llamaré Silencio porque es experto en gritar esa palabra justo cuando no hay nadie hablando, como si le molestara el sonido de las respiraciones. Luego, cuando alguien habla de verdad, y molesta, no parece darse cuenta.

Me está dando miedo ésta segunda mitad del año, si bien la primera mitad también me lo dio. Pero tengo mucho que leer, mucho que estudiar, mucho que entender. Mis siguientes palabras no van a ser muy finas, pero es una más de las frases brillantes de mi hermano, como cuando me dijo que trabajara de feto en una clínica abortista. El caso, es que según él, y según uno de mis profesores, en el grado lo que hacen es meterte las asignaturas por el culo, y tú tienes que cerrar y apretar para que no se escapen. Ya avisé que no iba a ser fino.

¿No es devastadoramente genial? Y totalmente cierto. Hay tanta asignatura, toda junta y sólo en cuatro meses, que uno ya no sabe ni lo que estudia. Además, no es que se reduzca el temario, sino que es más la cantidad de cosas que tienes que ver por tu cuenta, sin que te las expliquen. Por suerte, mi carrera tiene pocas asignaturas que sean de entender, y muchas que son de empollar, así que en ese sentido me afecta un poco menos.

No todo han sido clases. También ha habido estudio. No, ya en serio, he tenido tiempo para algunos de mis “momentos para mí” que tanto necesito. Me he viciado con el cuarto libro de la saga de El Legado (la de Eragon, de Christopher Paolini), y he seguido con el resto de mis actividades, como el gimnasio. Por cierto, tengo agujetas.

He dejado el coro de Gospel, por incompatibilidad de horarios, entre otras cosas. Todavía no sé multiplicarme y estar en dos sitios a la vez, aunque quizá debería ir aprendiendo. Me ha dado pena, porque me costó entrar, con los nervios por el casting, y tal. Pero he decidido no pensar en ello y no hacer melodrama (algo que se me da bastante bien) porque no puedo remediarlo y torturarme no va a servirme de nada.

Un compañero, y espero que futuro amigo, que va conmigo sólo a alguna de las clases, me ha dejado los primeros cuatro capítulos de un libro que está escribiendo. Me ha encantado. Más que eso, es estupendo, genial, e imaginativo. Si le resumiera a alguien el argumento, no le interesaría, de la misma forma que a mí no me llamó la atención la primera vez que oí el argumento de Doctor Who (una serie que se encuentra entre mis favoritas). Pero es la forma de contarlo lo que hace que sea increíble.

Y creo que tampoco ha pasado nada más. Es difícil que pasen cosas interesantes cuando estás demasiado cerrado al mundo, como yo. Me preocupa un poco el hecho de que cada vez salgo menos, pero mis horas libres no suelen coincidir con las de mis amigos, y sus planes no son compatibles con lo que quiero y me permiten hacer. Yo no salgo por la noche, entre otras cosas porque luego tengo que volver a casa sola, ya que ninguno vive por mi zona, si no alrededor de Guzmán el Bueno. Es peligroso, mis padres no me dejan, y a mi en realidad tampoco me apetece. No le veo sentido al hecho de encerrarme en una discoteca a que me vomiten encima personas que han bebido demasiado y me griten al oído porque el volumen de la música no permite una conversación. Sí, soy rara, ya lo sé. Tampoco creo que pueda salir éste fin de semana, aunque al menos mañana, lo intentaré. Mandaré a Siberia de una patada todas mis obligaciones, y quedaré con alguien, pero por la tarde, no por la noche.

Qué más qué mas…Hoy he tenido un sueño muy extraño. Iba de autobuses que se comían a personas, y yo me encontraba entre su comida. Ya en el interior de una de esas bestias, de pronto pasó a ser un autobús normal. Pero yo no podía salir de él. Así que fui hasta el conductor, y vi que su asiento estaba vacío. Traté de apretar los botones que abrirían las puertas, pero había demasiados y no sabía cuál apretar. Cada botón me causaba un problema, un peligro o algo que me daba miedo, pero al final apreté el correcto y me desperté. ¿Tendrá algún significado?

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