domingo, 12 de febrero de 2012

Conclusiones II


Debería estar preparando la mochila de mañana. Debería. Uno tiende a pensar que cuanto más tarde se pone a ello, más tiempo tarda en suceder, como si los problemas desaparecieran por posponer el momento de ocuparse de ellos. Hace algunos años que entendí que por mucho que lo deseara, los lunes no se iban a borrar del calendario. Al menos mañana todo va a ser nuevo. Quizá por eso prefiero no pensarlo, y he dejado que mi mente vuele por ahí sola.... Algo que hasta puede llegar a ser peligroso....

He llegado a otras tres conclusiones importantes. La primera, que aguanto muy mal el frío. La segunda, que debo aprender a controlar mis reacciones infantiles. Y la tercera, que mi vida va mucho mejor cuando dejo que la controlen otras personas.

Lo del frío es bastante fácil de entender. He llegado a casa hará unos diez minutos, así que sé de buena tinta que ahí fuera la temperatura es escandalosamente baja. Estaba con otras siete personas, que aunque tampoco estaban a gusto, no parecían tener los problemas que tenía yo, que aun con guantes, bufanda, y abrigo, estaba a pocos pasos de convertirme en una estatua helada de mí misma.

En cuantos a las reacciones infantiles, lo digo porque, una vez me he despedido de esas siete personas, he echado a correr, no sé si poseída por el frío, la vergüenza, o las ganas de llegar a casa. El caso es que me he visto corriendo, y me he sentido estúpida, pero me parecía más estúpido frenarme en seco, así que he continuado. Y os doy un consejo: eso que nos dicen siempre de correr con la boca cerrada…bueno, pues cuando hace frío más. Me he sentido como si me hubiera tomado un granizado con más hielo que bebida.

Respecto a lo tercero, es más complicado de explicar, y de hecho no voy a explicarlo. Pero es como cuando a un niño lo dejan sólo con un montón de juguetes. Juega, y no siente el cansancio, y puede estar así un día, quizás una semana. Después, aparte de muy cansado, los juguetes le aburren. Asocia los juegos con la monotonía, y le dejan de gustar. Por esa misma razón a los niños de tres años les deja de gustar el colegio, cuando todo lo que hacen es correr, dormir y descubrir cosas nuevas. Pero lo asocian con la rutina, y con estar lejos de ese ser grande que los alimenta y los protege, al que llaman “mamá”. La gente necesita algo nuevo en sus días, y cuando llega se sienten especiales. En mi caso, como iba diciendo, eso sólo pasa cuando dejo que mi vida la controlen otras personas.

El dueño de un flamante coche rojo no deja de tocar el claxon, al otro lado de la ventana. Así no hay quien piense. Estaba tratando de recordar la forma en que ciertas revelaciones han venido hasta mí hoy. Por ejemplo: quienes más saben de metafísica son los niños. Uno puede pasarse años elaborando una teoría filosófica (ahí tenemos a Kant, Nietsche, y a mí misma) y luego viene un crío, y con una frase corta, improvisada, pura, e inocente, te la desbarata. Sin pretenderlo. Sin malas intenciones. Con sinceridad. Si te enfadas con Dios porque no te concede lo que desea, ¿no es tu culpa por creerte que es un genio de la lámpara, que debe obedecer a tus deseos, cuando eres tú el que tienes que obedecerle a Él?

Ahí lo dejo. ¿Es culpa de tu amigo el ser un impertinente, o es culpa tuya por pensar que no debía serlo? ¿Es culpa de tu amigo ser un vago, o es culpa tuya por pensar que podías y debías cambiarle? Y lo más importante: ¿Es culpa de Alguien  que las cosas salgan mal, o es culpa tuya por creerte con el poder de que salieran de otra manera? Como digo, mi existencia es mejor cuando dejo que otros la controlen. Y que otros piensen, ya que estamos. Que hay ciertas cosas que una no puede responder.

Una cosa más: la vida es un regalo, y a veces se llega a la vejez sin haberle quitado el envoltorio. Hoy, aun en mi juventud, me puse a desembalar.

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