viernes, 24 de febrero de 2012

Re-conectando

Sé que hace mucho que no escribo. Lo sé. Y yo que pretendía hacer, al menos, una entrada al día. Pero tengo los días demasiado completos y apenas tengo tiempo. Y cuando lo tengo, sencillamente no me apetece.

Tengo que hacer una recopilación de varios días, así que voy a intentar que no me falle la memoria. Cuanto más cerca éste lo que cuente de la última vez que escribí, menos detalles podré dar porque los habré olvidado. Si no me equivoco (y es difícil que me equivoque porque acabo de volver a leerlo y tan corta no soy, todavía) lo último que conté es que tenía por ahí un miércoles libre, del que pensaba disfrutar plenamente, y pretendía dilatarlo lo más posible para hacer todo lo que tenía pendiente. Lo cierto es que apenas pude hacer la mitad de lo que quería. Tampoco conseguí entender la serie esa de la que os hablé, de Laurie y Cumberbatch, porque a decir verdad ni siquiera he vuelto a intentarlo. Me olvidé de ella por completo. Eso fue el 15 de Febrero, así que ha llovido desde entonces (bueno, no en sentido literal, pero se me entiende).

Al día siguiente conocí a otros dos profesores, cada uno de ellos con una de las asignaturas de éste nuevo cuatrimestre. Mi profesor de Literatura medieval (Literatura Española Medieval: desde los orígenes al siglo XIV) es un hombre de cincuenta y… (cincuenta y tres si no he calculado mal, a partir del año en que nació, según nos dijo él mismo) que por su físico y su forma de hablar tendría que recordarme a mi padre pero no me lo recuerda en absoluto. Es un hombre maravilloso, tremendamente culto, y por eso, a falta de ideas y tiempo para pensar en un mote mejor, le voy a llamar Don Sabiduría. He tenido cuatro clases con él, hasta la fecha (dos jueves y dos viernes) y aunque intensas y llenas de información, me han encantado. Aunque lógicamente también hemos hablando de literatura, lo que más hemos tratado aun, en una especie de introducción, ha sido la sociedad y la vida en aquella época. Si tuviera tiempo y ganas, podría decir un montón de cosas (no estoy segura de si de alguna utilidad) sobre la gente del siglo XII y XIII. Además, no sé cómo lo hace para hablar de botánica, medicina, arte plástico, y siglo XIX a la vez que nos cuenta todo lo que vamos a necesitar saber para entender las obras que leamos. En serio, es increíble. Tenía muchas más cosas que decir sobre él, pero tengo cosas que hacer y tampoco quiero extenderme demasiado. Si me acuerdo, desmenuzaré cada aspecto de sus clases otro día.

En cuanto al otro profesor, el de Filosofía, (Corrientes actuales de la Filosofía: Grandes Paradigmas) es todo un caso. En muchos sentidos, es por él y por su asignatura por lo que no he escrito antes aquí. Me desanimé completamente… Siempre me he interesado por la filosofía, y en el colegio se me daba bien. Quizá mejor incluso que la literatura, porque siempre he entendido el razonamiento de otras personas, y he sido capaz de sacar el mío propio en conclusión, al margen de estar o no de acuerdo con lo que piensan. Con la literatura lo que pasa es que me encanta, pero no creo tener ningún talento natural para ello. Por eso mismo, tener ésta asignatura en la carrera me hacía mucha ilusión. Hasta el primer día, cuando por fin la tuve.

El profesor es joven, pelo castaño, gafas, y con un aire a bibliotecario. Tiene alguna clase de deformidad en la boca, según creo, aunque no he podido verle muy de cerca para comprobarlo - sigo pensando que somos demasiados en clase -. Habla de forma muy rara, bajando y subiendo el tono de voz sin ninguna lógica, dando énfasis en los momentos más extraños, y sobretodo, gesticulando como si estuviera poseído. Esto no me molestaría de no haber estado a punto de ocasionarme un infarto en más de una ocasión. El problema principal es, sin embargo, esa forma tan particular de hablar castellano, que hace que parezca un idioma diferente. Creo que no conoce lo que es una oración subordinada, y por ello mezcla oraciones sin ningún sentido. Y además debe de gustarle el eco, porque repite los finales de las frases unas tres veces.

Debería consolarme el no ser la única que no lo entiende. La gente ha dejado de ir a su clase, y sé que no soy la única que piensa que aparte de mezclar sus propias ideas político-económicas (y ahora me siento como un personaje de Galdós que combinaba palabras constantemente) entre el temario, se esfuerza por complicar cosas que son en esencia sencillas. Todo eso debería consolarme, pero no lo hace, porque el examen voy a tener que hacerlo igual. Y porque la asignatura debería gustarme, y no es así.

Eso no es todo. El segundo día, alguien se atrevió a decirle que no entendía lo que había dicho, y el profesor respondió que él creía que el estudiante debía ganarse el derecho a preguntar, y que no se ganaba hasta acabar la carrera. Así que, hasta que estuviéramos graduados, no podíamos hacer preguntas en su clase, ya que era normal que hasta entonces no lo entendiéramos porque, según él, la filosofía se entiende a largo plazo. Aunque puedo intuir que hay algo de cierto en el hecho de que la filosofía no es fácilmente asimilable, y que no debemos interrumpir la clase con tonterías hasta que sepamos bien de lo que hablamos, tenemos derecho a preguntar por el simple hecho de que pagamos por ello. Y porque sino, no habría diferencia entre ir a clase y no ir, teniendo en cuenta como son las cosas en la universidad. Pero cuando hay una mano levantada, la ignora. Y si alguien alza la voz, cansado de tener la mano levantada, te responde de mala manera, diciendo que si no lo entiendes deberías ir a una tutoría en vez de interrumpir su clase. Pues ale. Iremos los ciento y pico a la tutoría, a ver si ahí quieres responder a las preguntas. Lo que pasa es que como surgen cinco preguntas por clase, y hay dos clases a la semana, no se yo si va a tener tiempo de respondernos. Quizá acababa antes explicándose mejor, o respondiéndonos en general, en clase, porque seguro que mis preguntas son casi las mismas que las de al lado. Pero bueno, que haga lo que quiera, que yo ya me he resignado. Hay que ver, que gente más simpática hay por el mundo.

Creo que le llamaré Silencio porque es experto en gritar esa palabra justo cuando no hay nadie hablando, como si le molestara el sonido de las respiraciones. Luego, cuando alguien habla de verdad, y molesta, no parece darse cuenta.

Me está dando miedo ésta segunda mitad del año, si bien la primera mitad también me lo dio. Pero tengo mucho que leer, mucho que estudiar, mucho que entender. Mis siguientes palabras no van a ser muy finas, pero es una más de las frases brillantes de mi hermano, como cuando me dijo que trabajara de feto en una clínica abortista. El caso, es que según él, y según uno de mis profesores, en el grado lo que hacen es meterte las asignaturas por el culo, y tú tienes que cerrar y apretar para que no se escapen. Ya avisé que no iba a ser fino.

¿No es devastadoramente genial? Y totalmente cierto. Hay tanta asignatura, toda junta y sólo en cuatro meses, que uno ya no sabe ni lo que estudia. Además, no es que se reduzca el temario, sino que es más la cantidad de cosas que tienes que ver por tu cuenta, sin que te las expliquen. Por suerte, mi carrera tiene pocas asignaturas que sean de entender, y muchas que son de empollar, así que en ese sentido me afecta un poco menos.

No todo han sido clases. También ha habido estudio. No, ya en serio, he tenido tiempo para algunos de mis “momentos para mí” que tanto necesito. Me he viciado con el cuarto libro de la saga de El Legado (la de Eragon, de Christopher Paolini), y he seguido con el resto de mis actividades, como el gimnasio. Por cierto, tengo agujetas.

He dejado el coro de Gospel, por incompatibilidad de horarios, entre otras cosas. Todavía no sé multiplicarme y estar en dos sitios a la vez, aunque quizá debería ir aprendiendo. Me ha dado pena, porque me costó entrar, con los nervios por el casting, y tal. Pero he decidido no pensar en ello y no hacer melodrama (algo que se me da bastante bien) porque no puedo remediarlo y torturarme no va a servirme de nada.

Un compañero, y espero que futuro amigo, que va conmigo sólo a alguna de las clases, me ha dejado los primeros cuatro capítulos de un libro que está escribiendo. Me ha encantado. Más que eso, es estupendo, genial, e imaginativo. Si le resumiera a alguien el argumento, no le interesaría, de la misma forma que a mí no me llamó la atención la primera vez que oí el argumento de Doctor Who (una serie que se encuentra entre mis favoritas). Pero es la forma de contarlo lo que hace que sea increíble.

Y creo que tampoco ha pasado nada más. Es difícil que pasen cosas interesantes cuando estás demasiado cerrado al mundo, como yo. Me preocupa un poco el hecho de que cada vez salgo menos, pero mis horas libres no suelen coincidir con las de mis amigos, y sus planes no son compatibles con lo que quiero y me permiten hacer. Yo no salgo por la noche, entre otras cosas porque luego tengo que volver a casa sola, ya que ninguno vive por mi zona, si no alrededor de Guzmán el Bueno. Es peligroso, mis padres no me dejan, y a mi en realidad tampoco me apetece. No le veo sentido al hecho de encerrarme en una discoteca a que me vomiten encima personas que han bebido demasiado y me griten al oído porque el volumen de la música no permite una conversación. Sí, soy rara, ya lo sé. Tampoco creo que pueda salir éste fin de semana, aunque al menos mañana, lo intentaré. Mandaré a Siberia de una patada todas mis obligaciones, y quedaré con alguien, pero por la tarde, no por la noche.

Qué más qué mas…Hoy he tenido un sueño muy extraño. Iba de autobuses que se comían a personas, y yo me encontraba entre su comida. Ya en el interior de una de esas bestias, de pronto pasó a ser un autobús normal. Pero yo no podía salir de él. Así que fui hasta el conductor, y vi que su asiento estaba vacío. Traté de apretar los botones que abrirían las puertas, pero había demasiados y no sabía cuál apretar. Cada botón me causaba un problema, un peligro o algo que me daba miedo, pero al final apreté el correcto y me desperté. ¿Tendrá algún significado?

miércoles, 15 de febrero de 2012

Día completo y con fundamento

Quería publicar ésta entrada antes de las doce de la noche, por aquello de llevar al menos una entrada al día. Pero lo he ido dejando (en realidad, no he tenido tiempo) y al final no va a ser posible. Da igual. Pese a lo que diga el reloj, para mi el 14 de Febrero aun no ha terminado, ni terminará hasta que esté plácidamente tumbada en mi cama y soñando con lo que tenga a bien soñar.

Ayer (entendiendo por ayer el 13 de Febrero) tuve coro de Gospel, y creo que ya mencioné el horario tan horrible, de 19:00 a 22:00. Y encima no aquí al lado, no, sino en el Campus de la UCM. Es decir, hay que sumarle lo que tardo en ir y volver. Total que ayer llegué a mi casa a las once menos cuarto, y me puse a hacer las típicas fichas con la foto, equivocándome tres veces, por cierto. Menos mal que tenía de sobra.

Hoy tuve las mismas clases que ayer en la universidad. Y si ayer ya empezamos con el temario, al ser hoy el segundo día nos metimos ya de lleno en él. Basta decir que en Fonética me he sentido idiota, creo que como la mayoría de mis compañeros. No me enteraba de la mitad, y lo que era más preocupante, tenía problemas con los apuntes, y la velocidad de mi profesor. Ahora, si así estaba yo, ¿cómo estarían los Erasmus y extranjeros varios, chinos en su mayoría? Sus caras eran un poema, desde luego.

Finalmente, Fonética llegó y se fue. Y sobreviví más o menos. Pero hay que ver la de palabrejas cuyo significado desconocía. Después vino Retórica, y se me pasó muy rápido. Más que hora y media, me pareció media hora. Eso sí, la cantidad de libros que tengo que leerme, algunos de ellos en inglés, es alarmante, como el cuatrimestre pasado e incluso más. Es lo que toca en mi carrera, supongo, pero no sé de dónde voy a sacar el tiempo. Sobretodo para aquellos que no se leen como una novela, sino que tienen un montón de conceptos que tengo que entender y posiblemente memorizar.

Luego tuve inglés, en otro edificio, por cierto, 98 escalones más allá. Si. Los conté. A partir de ahora, la clase será ahí. ¿No era eso de Mens sana in corpore sano? Pues ale. Lo que pasa es que, pese a que sea de letras, aun no he olvidado las matemáticas básicas. Y un trayecto de diez minutos (las distancias en el Campus engañan) no sé cómo realizarlo en los 0 segundos que me dan, aproximadamente. Porque una clase empieza cuando acaba la otra, y parece que tenemos que llegar por teletransportación. Menos mal que mi profesora es comprensiva, y si no me entretengo a hablar con desconocidos, y no me ataca ningún lobo feroz por el camino, podré llegar a tiempo y con la lengua fuera, como corresponde. *Sarcasmo sarcasmo *

En fin. La clase de inglés también estuvo bien, y hasta creí que mi nivel había mejorado mágicamente, hasta que más tarde traté de ver una serie de Hugh Laurie y Benedict Cumberbatch (vaya apellido más difícil, ozú) en inglés sin subtítulos, y me quedé con cara de ocho al revés. Y es que supongo que no es lo mismo verse Glee o Merlín, con las que puedo estar más o menos familiarizada y por tanto las entiendo bastante decentemente, que una serie como ésta. También puede ser que hoy no tengo el día lúcido, porque hay veces que veo algo y no lo entiendo y al día siguiente me parece muy claro.

Así que después de inglés me he vuelto a casita, que ya tocaba. He llegado a eso de las tres, y mientras esperaba a que estuviéramos todos y bla bla bla (en mi casa se come tardísimo) es cuando he intentado ver ésta serie, sin éxito. Mañana lo intentaré de nuevo, a ver. Después de comer, me pasé los apuntes a ordenador; una costumbre que he adquirido y que me ayuda a repasar lo visto en el día. Aprovecho ahora que aun no estoy muy agobiada para empezar a hacerlo, porque si no luego ya me sería imposible. Además, gracias a eso la Fonética y yo medio nos entendimos.

Para cuando terminé de hacerlo, me puse con los deberes de inglés y los interrumpí para irme a dar catequesis. Tengo a niños de unos 8-9 años, de seis a siete de la tarde. Y aprovecho éste momento para decir que ahora entiendo y bendigo a todos mis profesores. Creo que de niña no era muy insoportable, y de mayor supongo que era una adolescente más, pero aun así, si alguna vez me puse plasta, ahora les compadezco. Porque madre mía. Eso no era una catequesis, ni una clase, ni nada. Eso era un campo de batalla. Menos mal que alguien me dotó de paciencia, y que ésta sale a relucir en los momentos más inesperados. Al final, una se lo toma con humor, y se resigna ante lo que hay. No me las quiero dar de “entendida”, pero tengo algo de experiencia con niños (llevo tres años siendo monitora de campamento, y dos y medio en el club de tiempo libre del que era mi colegio). Además, uno de “mis coros”, el que “co-dirijo”, está formado por niños. Siempre me han vacilado como han querido, y siempre he conseguido, aun no se cómo, que terminen haciéndome caso. Lo mío no es gritar o enfadarme, y quizá sea justo por eso. Les trato como deseaba que me trataran a mí a su edad (que al fin y al cabo eso fue hace dos días y aun me acuerdo). Espero que me funcione también ésta vez. Al menos, no estoy sola. Si la otra catequista, más experimentada y amiga mía, no estuviera conmigo, lo vería todo mucho más negro.

Como sea, entre que recoges, se van los niños, y tal y cual, he llegado a mi casa a las ocho menos veinte, y eso que vivo al lado. A las ocho voy al gimnasio. Así que me he cambiado, y he bajado, sin tiempo para nada más. He vuelto a las nueve (nueve y cinco, nueve y diez), satisfactoriamente cansada. Y por fin, he sido libre. Me he metido al ordenador, y he pasado del correo, porque los 4200 mensajes que nunca leo me agobian. Debería verlos. Lo sé. Al menos para borrarlos, porque ya serán antiguos. Pero me metí en mi otra cuenta de correos, y ahí tenía cien. Me los leí, o al menos los clasifiqué por “éste me lo leo”, “éste es publicidad”, “éste es una cadena cursi que dejaré para más tarde”.

Después me dejé absorber por las redes sociales. Sólo por el tuenti, en realidad, que tenía interés en leer un mensaje privado. Me he encontrado con un comentario de una compañera de universidad, y hablé un rato con ella, y me ha dado la sorpresa de decirme que le había parecido mucho menos introvertida al verme intervenir en las clases, de lo que he resultado ser al conocerme. Esa opinión, por lo que me ha dicho, tienen la mayoría de compañeras. En mi colegio era todo lo contrario, la gente pensaba que yo no sabía hablar, o algo, más o menos hasta tercero de la ESO.

En realidad, aunque participe mucho en clase, no lo hago por falta de timidez, si no por una necesidad imperiosa de decir lo que pienso. Me da vergüenza, y mucha. De hecho hoy me puse roja en clase de inglés, cuando me tocó hablar en idioma ajeno. Por ordenador, la timidez desaparece, porque es más fácil elegir las palabras cuando tienes tiempo para pensarlas, y puedes darle a una tecla para borrar las equivocaciones. No creo que me haya entendido, pero yo se lo he explicado. Aun así, ha insistido que soy “adorablemente tímida”, porque hoy no fue capaz de sacarme más de dos frases cuando intentó hablar conmigo. No sé si el adorablemente debo tomármelo como algo bueno o malo. Igual, una amiga mía me llama “adorable” todo el rato, así que quizá deba dejar de extrañarme.

Hice un intento de ponerme de nuevo con inglés, pero el cansancio pudo más. Me di una ducha, me fui a cenar, y aquí estoy, escribiendo en el blog. Mañana no tengo clase, así que espero que me de tiempo a hacer un montón de cosas que he ido posponiendo…. como renovar el abono, por ejemplo, que caducó en agosto del 2011 pero que he seguido usando como si nada. También haré lo de inglés, aunque sea para el Lunes. Y por supuesto, descansaré, ya que hoy no he podido.

lunes, 13 de febrero de 2012

Primeras impresiones


Al final, y pese a los buenos propósitos, una no puede evitar crearse expectativas respecto a lo que está por venir. Lo que rara vez se espera es que esas expectativas (cuando son altas) se cumplan. Pero de momento, y tocando madera, ¡se cumplieron! Estoy muy contenta con el nuevo cuatrimestre o, mejor dicho, con las asignaturas que conozco de momento. Me faltan dos por conocer, pero tendré que esperar hasta el jueves.

Por cuestión de privacidad, y por prudencia, no voy a dar el nombre de mis profesores. A mí no me gustaría que, sin yo saberlo, se hablase de mí en algún sitio accesible a todo el mundo, que pudiera llegar ahí al buscar mi nombre en el google o algo así. Así que a mi profesor de Fonética y fonología del español lo voy a llamar, por cuestiones que explicaré más adelante, “Don Confusionismo”. Al de Retórica y crítica literaria le llamaré “Flower Power”, y a la de Inglés, a falta de un nombre mejor, “Blackbird “

El por qué del nombre de mi profesor de fonética es relativamente fácil de entender. Lo de “Don”, le viene por su apariencia, la de típico catedrático de universidad: un señor de unos sesenta y algo, con traje y con corbata. Por lo demás, no dejaba de repetir, en cualquier contexto, la palabra “confusionismo” (incluso en aquellas frases donde no tenía mucho sentido y hubiera encajado mejor el sustantivo confusión) es un hombre serio, pero a la vez cercano y con sentido del humor. Habla con una voz monótona y suave, demasiado suave para la gran cantidad de gente que somos en su clase; tal vez debería usar el micrófono. Repite diez veces cada cosa y da muchos rodeos, pero es muy claro. Si ha dedicado hora y media a contarnos los criterios de calificación y la bibliografía obligatoria, es de suponer que se esforzará porque cada cosa quede bien explicada, quizá demasiado explicada. Es un tipo estupendo. Ha soltado dos o tres frases que han provocado una carcajada general, aunque dichas en boca de otra persona hubiera quedado como chiste malo.

Siempre he querido tener uno de esos profesores que escriben su nombre en la pizarra, al estilo de las películas de Yanquilandia. Por fin, ese ridículo sueño se ha cumplido, con mi profesor de retórica, el ya queridísimo Flower Power. Soy malísima para las edades, pero tendrá cuarenta y algo (¿quizá cincuenta bien conservados?), y es pelirrojo. Se parece mucho (pero mucho) a Van Gogh. La única diferencia es que mi profesor tiene la cara algo más delgada, como más perfilada, y que empieza a perder el pelo. Cuando ha entrado en clase no estábamos seguros de si era el profesor, porque iba con pantalones y jersey negros, y en definitiva sólo le faltaba la boina para parecer bohemio. Si lo es o no, no lo sé, pero lo que sí ha resultado es extranjero. Neerlandés para más señas (u holandés, mejor dicho, y neerlandés es lo que habla). El caso es que tiene ese acento nórdico tan peculiar, aunque habla el español a la perfección. Creo que ha sido una impresión general, pero si no, al menos a nivel particular, me ha parecido genial. Esos profesores que te caen bien desde la primera frase (y eso que su primera frase no ha sido muy brillante, porque ha entrado, ha dicho “Me he equivocado”, ha salido, y ha vuelto a entrar, para darse cuenta que sí que era el aula correcta). Más allá de lo que a mí me haya parecido, lo que al fin y al cabo a nadie le importa mucho, creo que realmente le interesa lo de dar clase, y que no es el típico profesor de universidad al que los alumnos le dan igual. Y eso, dada mi corta experiencia, es decir mucho. Por otro lado, nunca hubiera esperado que un poema de Antonio Machado pudiera sonar aun mejor leído con acento neerlandés. Pero sí.

Si queréis saber a qué viene lo de Flower Power, ha sido porque al comentar un poema, ha dicho algo así como “¿Qué piensan que quiere decir aquí? ¿Qué se suba al monte con las flores? ¡Flower Power!” Mítico. Nadie sabe qué cable se le ha cruzado para decir eso. Después también ha tenido mucha gracia cuando, en una confusión entendible por ser para él un lenguaje extranjero, en vez de decir “morriña” ha dicho “Mourinho”. El fútbol me persigue hasta en las clases.

La profesora de inglés ha tardado en venir, y hemos tenido dos “falsos profesores” (véase alumnos en los cuarenta, con aspecto de profesor, que son confundidos con los docentes). Pero finalmente ha venido “la de verdad” y ha resultado ser muy simpática. Es canaria, nos llama a todos “mi niña” o “mi niño” y ha sabido entender que nuestro inglés no debe ser el mismo que el de filología inglesa. Aclaremos que el cuatrimestre pasado también tuve inglés, pero con otra profesora, y me pareció la asignatura más absurda que he dado en mi vida. A mí, no sé por qué ya que mi nivel de inglés nunca fue maravilloso, me salió bien el test inicial que me clasificaba como “alumna con un nivel alto que no se corresponde con el de la clase”. Yo veo series y leo libros en inglés; lo entiendo bastante bien, pero lo hablo fatal. Tengo una prima estadounidense que podría corroborarlo, si llego a saber de ella (Nota mental: averiguar en qué estado de Yanquilandia vive ahora). Así que esa clasificación sólo me puso las cosas más difíciles. Además, se parecía peligrosamente a las clases del colegio, que aunque no tenían nada de malo, creo yo que no debe ser igual lo que se da en una clase de secundaria o de bachiller que en una de la carrera. Significa que algo estaba pasando con el nivel general de la clase, cuando lo único que hacíamos era dar gramática básica inglesa, como los últimos diez años de nuestra vida. Y después el examen incluía un montón de cosas que apenas habíamos practicado. Como sea, eso ya pasó. La nueva profesora le va a dar importancia al “speaking” y en definitiva a las conversaciones en inglés, que es lo que yo, en todo caso, tengo interés en practicar. Porque ya sé que sin idiomas no vas a ningún sitio, pero por hacer los ejercicios de un librito no voy a aprender más inglés del que ya han intentado enseñarme todos mis profesores hasta el momento. Al menos, es mi humilde opinión. Y la de la nueva profesora, a la que llamé Blackbird porque al verla me vino a la cabeza una canción con ese título, vaya usted a saber por qué.

Todas las clases me gustan, en mayor o menor medida. Sigo sin verle mucha utilidad al inglés, por más segundo idioma que sea, en una carrera como la mía. Aunque tal vez ésta nueva profesora le dé otro enfoque. Y quizá fonética no sea “el país de la diversión”, pero siento curiosidad, y mientras me dure, me lo tomaré con entusiasmo. De retórica y crítica aun no sé muy bien qué pensar, pero por el primer contacto parece interesante.

El jueves más novedades. De momento mañana, las mismas clases de hoy. Y aun queda por ver si éste cuatrimestre también voy a tener prácticas los miércoles. Si no, será un día libre que dentro de poco se convertirá en un día de estudio.

domingo, 12 de febrero de 2012

Conclusiones II


Debería estar preparando la mochila de mañana. Debería. Uno tiende a pensar que cuanto más tarde se pone a ello, más tiempo tarda en suceder, como si los problemas desaparecieran por posponer el momento de ocuparse de ellos. Hace algunos años que entendí que por mucho que lo deseara, los lunes no se iban a borrar del calendario. Al menos mañana todo va a ser nuevo. Quizá por eso prefiero no pensarlo, y he dejado que mi mente vuele por ahí sola.... Algo que hasta puede llegar a ser peligroso....

He llegado a otras tres conclusiones importantes. La primera, que aguanto muy mal el frío. La segunda, que debo aprender a controlar mis reacciones infantiles. Y la tercera, que mi vida va mucho mejor cuando dejo que la controlen otras personas.

Lo del frío es bastante fácil de entender. He llegado a casa hará unos diez minutos, así que sé de buena tinta que ahí fuera la temperatura es escandalosamente baja. Estaba con otras siete personas, que aunque tampoco estaban a gusto, no parecían tener los problemas que tenía yo, que aun con guantes, bufanda, y abrigo, estaba a pocos pasos de convertirme en una estatua helada de mí misma.

En cuantos a las reacciones infantiles, lo digo porque, una vez me he despedido de esas siete personas, he echado a correr, no sé si poseída por el frío, la vergüenza, o las ganas de llegar a casa. El caso es que me he visto corriendo, y me he sentido estúpida, pero me parecía más estúpido frenarme en seco, así que he continuado. Y os doy un consejo: eso que nos dicen siempre de correr con la boca cerrada…bueno, pues cuando hace frío más. Me he sentido como si me hubiera tomado un granizado con más hielo que bebida.

Respecto a lo tercero, es más complicado de explicar, y de hecho no voy a explicarlo. Pero es como cuando a un niño lo dejan sólo con un montón de juguetes. Juega, y no siente el cansancio, y puede estar así un día, quizás una semana. Después, aparte de muy cansado, los juguetes le aburren. Asocia los juegos con la monotonía, y le dejan de gustar. Por esa misma razón a los niños de tres años les deja de gustar el colegio, cuando todo lo que hacen es correr, dormir y descubrir cosas nuevas. Pero lo asocian con la rutina, y con estar lejos de ese ser grande que los alimenta y los protege, al que llaman “mamá”. La gente necesita algo nuevo en sus días, y cuando llega se sienten especiales. En mi caso, como iba diciendo, eso sólo pasa cuando dejo que mi vida la controlen otras personas.

El dueño de un flamante coche rojo no deja de tocar el claxon, al otro lado de la ventana. Así no hay quien piense. Estaba tratando de recordar la forma en que ciertas revelaciones han venido hasta mí hoy. Por ejemplo: quienes más saben de metafísica son los niños. Uno puede pasarse años elaborando una teoría filosófica (ahí tenemos a Kant, Nietsche, y a mí misma) y luego viene un crío, y con una frase corta, improvisada, pura, e inocente, te la desbarata. Sin pretenderlo. Sin malas intenciones. Con sinceridad. Si te enfadas con Dios porque no te concede lo que desea, ¿no es tu culpa por creerte que es un genio de la lámpara, que debe obedecer a tus deseos, cuando eres tú el que tienes que obedecerle a Él?

Ahí lo dejo. ¿Es culpa de tu amigo el ser un impertinente, o es culpa tuya por pensar que no debía serlo? ¿Es culpa de tu amigo ser un vago, o es culpa tuya por pensar que podías y debías cambiarle? Y lo más importante: ¿Es culpa de Alguien  que las cosas salgan mal, o es culpa tuya por creerte con el poder de que salieran de otra manera? Como digo, mi existencia es mejor cuando dejo que otros la controlen. Y que otros piensen, ya que estamos. Que hay ciertas cosas que una no puede responder.

Una cosa más: la vida es un regalo, y a veces se llega a la vejez sin haberle quitado el envoltorio. Hoy, aun en mi juventud, me puse a desembalar.

Conclusiones


Ayer por la tarde-noche me encontré de casualidad con el amigo de la Japan, que volvía justamente de ahí. Él iba con otros amigos suyos, y conocidos míos, y pasé un momento muy agradable entre bromas y conversaciones superficiales. Como vivimos muy cerca, después le acompañé a su casa, como hago siempre, ya por rutina. Generalmente paseamos media hora alargando un trayecto de no más de cinco minutos. Tiene la cualidad de ser la única persona con la que paso más tiempo hablando que callada, y siempre me pregunto como lo hace para sacarme frases que normalmente no diría con nadie más. Fue genial; lo malo es que al llegar a casa me di cuenta que yo iba a quedar con una amiga de la carrera, y al final se nos olvidó a las dos. Tengo que hacer algo con ésta memoria mía, no quiero convertirme en una de esas personas que no sabe ni dónde han puesto su chaqueta.

Hoy por la mañana, como cada Domingo, fui al coro. Quizá deba aclarar que participo en dos coros; uno más serio que otro. Los lunes por la tarde, de 19:00 a 22:00 tengo ensayo con el coro de Gospel de la Universidad Complutense (la mía). Y los Domingos, canto y se supone que co-dirijo en el coro de mi parroquia, más o menos de 10:30 a 11:00 ensayamos, y luego ya cantamos en la misa. Me guardo mis opiniones, y mis sensaciones, en una prudente intimidad. El caso es que los Domingos por las mañanas también estoy con éste amigo del que he comenzado hablando. Y luego hacemos uno de nuestros interminables paseos; el de hoy ha sido de hora y media y no he parado de hablar en todo el rato. Él es de esas personas que te suben el ánimo y el autoestima, de una forma que a lo mejor es exagerada. Pero me ayuda a llegar a conclusiones inteligentes.

No sé la impresión que daré al ser leída. A veces me parece que me expreso de forma muy prepotente, pero creo que no lo soy, y que en la “vida real” doy más bien la impresión contraria. Sea como fuere, la gente demasiado pagada de sí misma me pone de los nervios. Y últimamente estoy rodeada de ellos, en todos los ámbitos de mi vida. También me rodea la hipocresía y el egoísmo, incluyendo aquellos que tienen su origen en personas de las que se presuponen ciertos valores éticos y morales. Gracias a éste amigo mío, he llegado a la conclusión de que, o bien yo soy insoportablemente prepotente, y por tanto estoy cegada y no veo las cosas como son, o bien hay mucho imbécil por ahí suelto cuyas palabras debería ignorar. Quizá sea un término medio. Quién sabe.

Mañana empiezo el segundo cuatrimestre. No me quiero hacer ninguna idea de cómo van a ser las clases y los profesores, porque por hacer eso mis últimos cuatro meses han sido, en muchos sentidos, un pequeño infierno. Tan sólo espero que la literatura medieval me la de alguien con un poco de visión de conjunto, y no uno de esos catedráticos medievalistas de los que tanto y tan mal me han hablado. Como sea, mañana lo descubriremos.

Pero mañana empiezan también el resto de mis obligaciones, de las que en realidad no tuve ningún descanso pero yo me lo tomé para poder estudiar. Comienzo de nuevo con el Coro de Gospel, el gimnasio, la ONG, el club de tiempo libre del que ha sido mi colegio (en el cual soy monitora) y ahora por añadidura creo que voy a tener clases de guitarra, y voy a dar catequesis a un grupo de chavales que no saben lo que se les viene encima. En serio. Si me conocieran no me querrían a mí para esa función; seguro que empiezo a tartamudear o me pierdo en mis pensamientos. Ya me ha pasado más de una vez, y me han tenido que bajar a tierra con un chasquido de dedos.

En suma, me parecen muchas cosas para una sola persona; ya que además tendré que estudiar, digo yo. Cada vez tengo menos tiempo para escribir, leer, y cantar, aunque al menos para esto último ya tengo dos actividades. Lo que hecho realmente de menos, es el teatro. Me encanta el teatro. Iba a ir a una academia de actores, pero no ha podido ser. Quería unirme al teatro de mi universidad, pero eran demasiadas cosas, y en un día que me viene mal. Además, yo llegué hace nada al mundo universitario, y no conocía a nadie. Me daba mucho corte y me parecía todo muy anárquico; el decano (¿o quizá era vicedecano?) de cultura no sabía informarme bien del tema.

Me entra la pereza sólo de pensar en lo que tengo que hacer, y en lo que querría hacer. Ultimamente todo me parece una buena idea hasta que me apunto. Entonces me deja de parecer tan bueno. Quizá por la gente, experta en chafar ilusiones desde el momento de su creación. Tal vez por cierto pesimismo existencial del que no puedo liberarme. O quizá, simplemente, porque soy humana, y algo vaga por naturaleza.

Pero eso, es mañana. Lo que queda de día es todo mío, a pesar de ciertas cosas que tengo que hacer ésta tarde, y que no me agradan en absoluto. Como decía, aun dispongo del día de hoy. Mío.

sábado, 11 de febrero de 2012

Memoria inoportuna

¡¡¡¡!!!!

Me acordé de una de las cosas que se me habían olvidado en la entrada anterior. Horror, maldición, y todas las exclamaciones juntas: ya sé de quién era el poema que comenté en el dichoso examen de literatura. Mis opciones a barajar eran Jaime Gil de Biedma, y Federico García Lorca. Podía haberlo mirado al salir, pero no quería torturarme. Sin embargo ha venido a mí en forma de flash-back, como si el irónico destino quisiera desquitarse conmigo. Digo irónico, porque yo estaba segura de que el autor que finalmente resultó ser el correcto, tenía que caer de alguna forma: le encanta a mi profesor.

Amor, amor
que estoy herido.
Herido de amor huido,
herido,
muerto de amor.
Decid a todos que ha sido
el ruiseñor.
Bisturí de cuatro filos,
garganta rota y olvido.
Cógeme la mano, amor,
que vengo muy mal herido,
herido de amor huido,
¡herido!
¡Muerto de amor!

El poema en cuestión era ese, y a mí me sonaba demasiado, y sentía que no sólo por habérselo escuchado cantar a Ana Belén y a Serrat. No. Había algo más, pero no conseguía recordarlo. Hasta ahora.

Sucedió así. Estando yo rompiendo papeles y guardando libros en mi estantería, cae en mis manos Don Juan Tenorio (el de Zorilla) y a raíz de eso me pongo a pensar que lo que menos he leído, tanto en lo que llevo de carrera como en toda mi vida, ha sido obras de teatro. He empezado a recordar las que sí había ojeado, y acabé pensando en la que mencioné el otro día: Amor de Don Perlimplín, con Belisa en su jardín. Aleluya erótica en cuatro cuadros (que así es el título completo). Al leerla, la obra me gustó bastante, y me estuve acordando de lo que puse en el examen, y de la obra en sí misma. Y así, desmenuzando y desmenuzando, me acordé de aquél poema incrustado en el texto que tanto me había gustado. Aquél poema, que fue el que salió en el examen.

Así que sí, era de Lorca. El gran Lorca que tanto le gusta a mi profesor (y a mí, en cierta aunque no poco intensa medida). Casi me mato a mi misma, por estúpida. Si hubiera sido un poema más, de un libro más, tendría justificación. Pero tratándose de una obra que me he leído por lo menos quince veces, que he disfrutado otras tanta, y de un autor que me había mirado mucho por saber que a mi profesor le gustaba, no tengo perdón. Cierto es que no es un poema “normal”, sino incrustado en una obra de teatro, y eso era demasiado rebuscado como para considerarlo siquiera. Pero aun así.

No se comenta igual éste poema sabiendo su contexto que sin saberlo. No mencioné al autor, y por ende tampoco al personaje de Perlimplín. No dije la función que cumplía en la obra, y parte del significado se me escapó por eso mismo. Porquería de comentario.

Lo que no termina de cuadrarme es que el hombre insista en que “no es necesario saber el autor ni conocer el poema para comentarlo bien”. Él, que siempre nos dice que no puedes comentar un fragmento sin conocer el libro. Él, que tantas veces se ha metido con nosotros por la forma en que hemos aprendido literatura en el colegio, leyendo menos libros que un analfabeto. Él, que sabe mejor que nadie la importancia de éste poema en la maldita obra, y para el maldito autor.

Soy idiota. Es la única explicación que tengo para no haberme acordado durante el examen. Espero que no me cueste demasiada puntuación, y sea cierto eso de que “no es necesario conocer el autor” también a la hora de corregirlo. Voy a dejar de pensar en eso, porque me entran ganas de estampar la cabeza contra la pared. Y luego me toca limpiarla.

Fin de semana como cualquier otro.


Tras mi reclusión durante el periodo de exámenes, iba a pasar del viernes al domingo en la sierra con la familia, en una residencia militar de Navacerrada, por cortesía de mi querida madre. Sin embargo, dedujimos que estar a no se cuántos metros de altura cuando hace doce grados bajo cero, no era de las mejores ideas que se nos podían ocurrir, así que lo cancelamos.

Inmediatamente, empezaron a surgir como setas un montón de planes con más amigos de los que creía tener. Como ya había dicho que no a algunos, porque pensaba que no iba a estar, no me parecía justo decir que sí a otros, por haberlo pedido en un momento más oportuno. Busqué el modo de poder pasar un rato con cada uno, y la perspectiva me parecía agotadora. Incluso salir de casa, me parecía demasiado esfuerzo. Ayer, tras volver de una reunión de catequistas, llegué a la conclusión de que mi primer y único fin de semana de vacaciones me lo iba a pasar durmiendo.

Era un sueño muy bonito, pero no soy tan ilusa como para pensar que iba a poder hacerlo. Me bastaba con dormir hoy hasta las once, me parecía una hora razonable después de estar tanto tiempo madrugando y viviendo en la biblioteca. Pero por lo visto algo de ilusa sí debo tener, porque eso también era pedir demasiado. Me han sacado de mi confortable capullo de sábanas demasiado pronto, y tras jurar en arameo un rato, he desayunado y he comenzado a ser persona. Para entonces eran las diez y media, y he estado tentada de volverme a la cama.

Por alguna razón no lo hice, y mientras ordenaba mi cuarto y otros asuntillos, se me han ocurrido un montón de cosas ingeniosas para poner aquí pero cuando terminé, se me habían olvidado. No sería nada demasiado inteligente, o eso quiero pensar para consolarme un poco. El caso es que, por un motivo o por otro, al final, lo que he hecho en mi primer y único fin de semana de vacaciones, ha sido leer. Leer. Cuando llevo todo el curso haciendo básicamente eso…. Leer. ¿Qué has hecho conmigo, mundo? Al menos, era un libro interesante. Algo es algo. (It´s something, como se dice por ahí últimamente. Qué vivan los anglosajones, a los que ya imitamos hasta para las más absurdas expresiones)

También me ha llamado un amigo, por si me había pensado mejor lo de no ir a la Japan (¿se escribe así?). No os puedo decir muy bien lo que es eso, porque yo estuve en la Expo Manga, pero no en la Japan, aunque imagino que es un lugar friki como otro cualquiera. De todas formas, el plan era para todo el día, y yo estaba demasiado cansada. Tampoco tenía preparada comida para llevarme, y a decir verdad, estaba todavía sin vestir (adoro quedarme en pijama los sábados por la mañana) Así que por eso, y otros motivos que no vienen al caso, he dicho que no.

Después he tenido otra idea peregrina, y he abierto el blog para escribirla, y en el proceso se me ha vuelto a olvidar. La verdad, no sé qué se me ha podido ocurrir digno de contarse si lo más interesante que he hecho ha sido recuperar una pulsera que creía perdida. Pero al final, una vez con el blog abierto, pues me he puesto a escribir. Y hasta aquí mi interesante mañana. 

Ah, sí. También le he insistido a mi hermano para que se meta aquí y me deje algún comentario, pero dudo que lo haga. La confianza da asco, y entre hermanos aun más. En fin. Os dejo su blog para que le echéis un vistazo. Es de cine, y digo yo que será bueno, porque a él se le dan bien estas cosas.

viernes, 10 de febrero de 2012

Diferentes tipos de finales.


Hoy el muñeco rojo del semáforo me ha mirado mal. En serio. Estaba cruzando para coger el autobús (que por cierto, cómo ha tardado el condenado) y ahí estaba ese tipo, mirándome, con su luz roja. Son como pequeños espectros que nos observan todo el día sin que nos demos cuenta. Y el de ese semáforo, es el peor de todos. Seguro que me tiene ganas. ¿No podría ser azul, me pregunto yo? O amarillo.

Como sea, bajo la atenta mirada de ese y otros semáforos, he llegado a la Universidad, y he hecho mi último examen. Literatura. Madre mía, ¡qué examen!. Nada más repartirlo, ha habido estampida. La gente se ha ido, dejándolo en blanco, aun bajo la advertencia de que corría convocatoria. De los ciento y algo que estábamos en la habitación, nos hemos quedado veinticinco. Los he contado, así que no exagero.

Yo misma, durante diez minutos, me he quedado mirando el papel, como esperando que las letras se juntaran formando otras palabras que tuvieran más sentido para mí. Como las letras no se movían, al final comencé a escribir. Empecé por mi nombre, que eso sí me lo sabía.

Responda a estas preguntas con una reflexión crítica que sea fiel a su opinión y se limite a lo que se plantea. 1) Motivos para la lectura, hoy, de los “Cuentos” de Leopoldo Alas Clarín.  Y yo qué sé. 2) Relación de “Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín” con la cultura y la sociedad.   Pues alguna relación tendrán, digo yo.

Una chica levantó la mano, y le preguntó al suplente (porque el titular ni se molestó en venir) cuánto vale cada pregunta. Las dos que he puesto eran seis puntos. El comentario de texto, valía los otros cuatro. Venía en el papel, pero con los nervios la pobre no lo había leído. La mayoría de la gente también se lo había saltado. Con su duda y la respuesta del buen hombre, provocó que otros dos más abandonaran el examen, porque pensaban que el comentario valía más.

Quizá deba aclarar que “Amor de…” de Lorca, y “Cuentos” de Clarín, son dos de los libros que hemos tenido que leernos en el cuatrimestre. Como comprenderéis, en los libros no te vienen la respuesta a esas preguntas, sino que lo tienes que sacar de tu cabecita. Tampoco venía en los apuntes. Como muy bien nos dijo, era un examen para pensar, y para demostrar quién valía para esto.

La impresión tras haberlo hecho, es más o menos buena. Otra cosa no, pero labia tengo un rato. Vamos, que no hay quien me calle, o mejor dicho, quien me haga dejar de escribir. Empecé a razonar, y a hacer eso de la consabida reflexión crítica (aunque mira tú, yo sigo diciendo “Esto ¿qué es lo que es?”) y creo que respondí a lo que me preguntaban. Como el señor Lorca me gusta, en la de “Amor de…” pude lucirme más. Con Clarín, fui mucho más personal, y me apoyé en las impresiones que había sacado de los diversos cuentos (geniales, por cierto, si podéis y aun no lo habéis hecho, echarles un vistazo).

En el comentario, se hizo lo que se pudo. No me acordaba de quién era el maldito poema. (He leído algo así como veinte libros de poesía en éstos meses, de diferentes autores) Eso sí, metáforas le he sacado las que quieras. Siempre me ha gustado comentar poesía, aunque a menudo tengo miedo de cometer un fallo garrafal. Contando con que no haya tenido uno de esos errores, creo que ha sido bastante decente. Saber el autor no era imprescindible, y por lo visto, el hombre contaba con que no lo supiéramos; así se aseguraba que no escribiéramos de memoria el análisis de otra persona sobre al autor en cuestión, en vez de centrarnos en el poema.

No voy a adelantarme a los acontecimientos, pero tal vez tenga una buena nota. Por lo menos, mi balance es positivo, y eso ya es un logro porque al comienzo del examen pensaba que iba a ser el primer examen en mi vida que dejara en blanco. Al final me ocupó tres folios, que era el límite. Aunque eso tampoco dice nada.

Es curioso, pero no siento el alivio que esperaba que me embargara nada más salir de allí. No me noto más liberada, y no me parece que haya acabado los exámenes, o al menos no siento que eso sea algo importante. En realidad, ya lo sabía. Mi vida sigue igual; sin importar que tenga un examen más o un examen menos.

Cuando he salido del examen, salía conmigo un amigo de Australia, de esos Erasmus que no saben ni hablar español. Pero entre su mal spanish, y mi mal inglés, nos entendimos. Como digo, nos hicimos amigos, aunque las barreras del lenguaje y de la timidez lo dificultaron un poco. Me ha dado un abrazo, el primero en todo el curso, ya le vale. En una semana se va a Australia, para siempre. Le voy a echar de menos. No le volveré a ver nunca.

Por mucho que algún día consiga viajar a Australia (si por mi fuera visitaría todos los países del mundo), para entonces no tendrá sentido vernos, porque tampoco ha habido tiempo ni circunstancias para forjar una amistad duradera. Los dos lo sabíamos, y por eso me ha abrazado. Y me ha dado las gracias, aunque no sé bien por qué. Y luego se ha ido.

Y yo también me voy, que es mi primer día de vacaciones, y hay que aprovecharlo.

Juegos de rol

Tres entradas en un día. ¿Debería preocuparme? Bueno no todas las adicciones son peligrosas… Espero que ésta no lo sea, sobretodo porque empieza a parecerse peligrosamente a mis monólogos internos, y me hace sentir como si estuviera un poco loca. La aceptación es el primer paso. Pero de alguna forma tengo que matar el tiempo, ya que mis planes se han visto truncados (sigo necesitando ese e-mail). Adiós a mi idea de acostarme pronto. En fin.

Ahora estoy en mis habituales foros de rol. Los tenía un poco abandonados, por lo de los exámenes (no dejo la URL para que no me veáis en mi estado más “friki”). Por si hace falta explicarlo, un foro de rol es algo así como una plataforma web que te permite hacerte pasar por un personaje ficticio  – inventado por uno mismo o no - y escribir una historia con otras personas que hacen lo mismo. Bueno, no es algo así, es justo eso. Se “rolea” (uno de esos verbos inventados por nosotros, los frikis) siguiendo una trama o historia, conocida por todos (generalmente esa trama se basa en series, libros, películas, o cualquier otro modelo, pero en algunas ocasiones puede ser algo totalmente inventado por el creador del foro). Tiene su origen en los juegos de rol de Yanquilandia y Otakuplanet (o sea, EEUU y Japón), reflejados en algunas películas, de manera que un grupo de adolescentes sin mucha vida social se disfrazan de elfos y juegan a sus batallitas (tengo entendido que hay un tablero, o sea que aunque bromee con ello, es un juego perfectamente válido). Por tanto, el juego de rol “tradicional” tiene un mecanismo más o menos fijo, y hay una especie de moderador del juego, pero la verdad es que se me escapa un poco su desarrollo. Dejo el  link con la sección que a ello dedica Wikipedia, que se explica mejor que yo, para los interesados.

Una vez me dijeron que estos foros surgieron porque algunos estudiantes estadounidenses tenían miedo de pasearse por ahí con los disfraces, porque les hacían bulling, así que se buscaron esto como escondrijo. Algo de verdad debe haber, aunque me huele a mito, porque de hecho hay muchos que siguen disfrazándose, orgullosos de su hobbie. Yo nunca he jugado a eso, aunque me produce cierta curiosidad. Gracias a los ordenadores, hay nuevas variantes, como rol por redes sociales, rol por msn, y el que nos ocupa, rol por foro. Siento ser tan repetitiva, pero no he encontrado un sinónimo aceptable para la palabra “rol”.

El planteamiento es muy sencillo. Poniendo el socorrido modelo de la saga de Harry Potter, un ejemplo de partida o post, o subtrama (hay muchas formas de llamarlo) sería:

USER 1: *Harry entró en la habitación y sacó la varita. Como no se le ocurría qué hacer con ella, la metió en el vaso y la usó de cucharrilla *
USER 2: * Ron se cayó por las escaleras, y dio a parar en la habitación donde estaba Harry *
               - ¡Hola! * saludó con entusiasmo*

Los asteriscos no son imprescindibles, aunque si generalizados. La longitud de la parte escrita por cada user (usuario, roleador, tipo detrás del ordenador, etc) también varía. Mis preferencias personales son posts largos, sin asteriscos, con colores diferentes para los diálogos, y en primera persona. Pero eso depende del foro en el que te metas, y de las reglas establecidas por el administrador de ese foro concreto.

Así, en contra de lo que piensan algunos, no es necesario que te guste leer y escribir para participar en algo como esto, porque en muchos sitios la longitud media es una línea (aunque los míos, son de treinta). Además ahora hay una opción en los foros, “lanzamiento de dados”, que aunque yo la odio con todas mis fuerzas, hace que se parezca más a los juegos de rol “tradicionales”.

¿Para que os cuento todo esto? Primero, porque me aburro. Segundo, como curiosidad. Y tercero, para que entendáis lo que viene a continuación. Los foros que yo frecuento, son de posts más bien largos, de un mínimo de diez líneas. Si el otro jugador (pueden ser varios, lógicamente el mínimo son dos) escribe bien, es muy divertido, porque se trata de escribir una historia juntos, sin saber el giro que van a tomar los acontecimientos con la intervención del otro. Muchos de esos foros tienen chat, y a fuerza de meses, te acabas llevando realmente bien con la gente. A veces hasta descubres, como me pasó a mí, que conoces en persona a otro usuario, por ser amigo de un amigo, o de la universidad o de lo que sea.

Sin embargo, precisamente si se dan esas idílicas condiciones, tardas tus buenos veinte minutos en cada mensaje para responder al maravilloso post del otro jugador. Así que cuando estás ocupado, o de exámenes, cortas por lo sano, y le dejas al otro con las ganas. Pues bien, yo he vuelto a casa por Navidad, y tras mi retiro de mes y medio, retomé a mis personajes de diversos foros, o al menos anuncié mi futuro regreso. Y descubro que los frikis de todo el mundo, de Madrid, de Barcelna, de Ceuta, de Melilla, de Hispanoamérica e incluso algún yanqui que habla español y rolea conmigo, se me echan al cuello.

Algunos se muestran enfadados, pues cuando dije que me iba por un período largo, no se imaginaban que fuera por el, al parecer inmenso, lapso de mes y medio. Otros, quieren crear un foro nuevo, y que yo participe. Y que haga esto, y lo otro, y lo de más allá. Sería absurdo contar los pormenores de mis diversas conversaciones con ellos, pero he aprendido algo: nunca le quites a un friki su dosis diaria de droga. Se ponen agresivos. Y yo me pregunto, ésta gente, ¿no estudia? Algunos son ingenieros de no se qué, y están acabando la carrera. Así nos va el mundo, que se licencian en frikismo universal mientras deberían estar estudiando sobre física cuántica y no sé que más (me alegro de no ser de ciencias en estos momentos).

Pero bueno, tampoco pretendía hacer una queja de las adicciones ajenas. Lo que de verdad me ha impresionado, es que valoran mi opinión por encima de la de otras personas. No estaban dispuestos a crear una trama de un libro, hasta que yo la desmenuzara para ellos. Caray, me he sentido como si fuera alguien en el mundo friki, y tras el pequeño subidón me he preguntado en qué me convierte eso. En un estallido de arrogancia, me he visto como una especie de reina del frikismo, con una corona de papel y un cetro mágico, montada en un unicornio o algo de eso. Y yo que entré en éste mundo por que me gustaba crear historias…. El siguiente paso será aprender japonés. Entonces ya sí que estaré perdida.

Pd.: Con todo mi cariño a los frikis que puedan leerme y darse por aludidos. Sabed que soy una de vosotros, así que, que nadie se ofenda xD

jueves, 9 de febrero de 2012

Entre libros, temores y palabras.

Los últimos días están borrosos, como inmersos en una niebla que impide distinguir dónde acaba uno y dónde empieza otro. Es normal, cuando la rutina ha consistido en levantarse dolorosamente temprano para estudiar e ir a esa segunda casa que es ahora la biblioteca. Me conozco todos los rincones; sé dónde ponerme cuando quiero que la marea entrante de gente me distraiga con su murmullo, y dónde colocarme para evitarlo. Sé qué hora es mejor para acercarme a la máquina expendedora y comprarme un sándwich, y sé cuándo la cola puede ser insoportable. Intuyo qué baño va a estar limpio, y cuál sucio, hasta las cinco de la tarde más o menos, que es cuando la señora de la limpieza pasará a higienizarlos. He aprendido a distinguir cuál es el café bueno y cuál el malo dentro de las posibilidades de la bebida de máquina y siempre teniendo en cuenta que a mí no me gusta el café.

Es, como he dicho, una segunda casa que me acoge cada día con su confortable calor, mientras el resto de los mortales se hielan, sometidos en la calle a la crudeza del invierno. Al bajarme del autobús F, la María Zambrano me abre sus puertas sin que tenga que dar más de treinta pasos contados. Parece que ni siquiera me conceda esos segundos de libertad que uno apura normalmente antes de entrar a clase. La maldita biblioteca se presenta ineludible, para que no haya más descanso en mi quehacer diario que los molestos empujones con los demás pasajeros del concurrido autobús universitario. Así, se confabulan contra mí los fantasmas de la responsabilidad, y no pierdo si quiera un instante más de los necesarios, pues no hay camino por el que me pueda entretener, desconocidos con los que hablar, o semáforos en los que tenga que esperar. La pesadilla de Caperucita Roja, y la tranquilidad de su buena madre.

Las primeras dos semanas, una salía con un poderoso sentimiento de satisfacción. No en vano me pasaba hasta diez y doce horas ahí encerrada, de diez de la mañana a ocho de la tarde, cuando no llegaba antes. Una se sentía con el deber cumplido, y se veía más cerca de vencer a ese poderoso enemigo llamado “examen”. Luego las neuronas no daban ni para quitarse la mochila, pero eso es otra cuestión, y al fin y al cabo, efectos secundarios inevitables.

Tras esas dos semanas, empecé a encontrar dificultades para mantener conversaciones inteligentes. Mi habitual torpeza se vio, si es que es posible, acrecentada y sentía el final de mi agonía demasiado lejos, pues los exámenes aun ni habían empezado. Si el edificio era un hogar, los apuntes y los libros eran entonces como hermanos que, a diferencia del de carne y hueso, no respondían si los maltratabas sino que asumían con resignación su papel. Así seguimos hasta el día de hoy, estos hermanos a la fuerza y yo. Por más que los zarandee, los deje caer, los llene de dibujos, e incluso los apuñale con un bolígrafo sin tinta en un intento de descargar mi rabia, los apuntes permanecen impasibles, esperando con paciencia a que les vuelva a prestar atención, o al menos, la atención que les corresponde, en vez de castigarlos con esa violenta actividad para la que no fueron diseñados.

Ya estoy a punto de terminar el cuatrismestre, y mañana es mi último examen. Estoy tan cansada que llevo media hora removiendo un montón de papeles, sin saber muy bien qué hacer con ellos, porque me molestan al estar ante el teclado, para escribir. Creo que debería quitarlos de en medio, pero por alguna razón no se me ocurre dónde debería ponerlos y pensar en ello supone demasiado esfuerzo como para dedicarle más tiempo que los dos segundos que empleo en quejarme de su presencia. Que les den.

Aunque me preocupa un poco la prueba de mañana, (la prueba de oro, de la que tendría que ser mi asignatura favorita, y no lo es: la literatura) hoy voy a dormir bien. Ahora, cuando dentro de un rato vuelva a casa, si consigo que una amiga responda a un e-mail urgente que hace como dos horas que la he mandado, voy a tumbarme y me voy a dormir más pronto de lo que me he dormido en mi vida. Si cuando estás dormido sueñas que estás despierto, ¿es lógico que estés despierto, y sueñes con estar dormido? Si no, llamadme ilógica, pero sólo de imaginarme a mi queridísima almohada empiezo a pensar en ovejitas y canciones de cuna. Dulce y tierna infancia, no te vayas, que allá voy. Con mi edad, y lo que es más importante, mi edad mental (unos seis años, para que os hagáis una idea), aun no es muy tarde para revivir viejos tiempos.

Me voy a sentir rara cuando deje la biblioteca. Nos hemos cogido cariño. ¿Me pedirá que no me vaya, como haría mi madre si dijera que me voy de casa? En cualquier caso, no será por mucho tiempo, porque en dos semanas, a la sumo, empezaré con mis futuros hermanos, los apuntes del segundo cuatrimestre. Al menos, creo que voy a sacar buenas notas; si no una empezaría a plantearse las mejores formas de suicidio. No me vale con aprobar. Llevo desde principio de curso leyendo libros - la mayoría aburridos-, pasando apuntes y estudiando un nuevo idioma (ha sido un record aprender latín en cuatro meses, porque no lo había dado en mi vida). La gente se empieza a agobiar la semana antes del examen; yo llevo meses viviendo en el agobio. ¡Quiero mi recompensa! Por desgracia, el mundo es un señor que por mucho que le tires de la manga, no te va a dar lo que lo pides, si no que en todo caso te da un buen palo, de esos que te enseñan a no pedir cosas de nuevo. Así que me guardaré mis exigencias para mi intimidad bloguera, y me dedicaré a los libros, que es lo que toca. Y que sea lo que tenga que ser.

Me encanta mi carrera. Y menos mal, porque si no creo que habría perdido el juicio. O eso, o me habría dedicado a holgazanear…. Lo segundo es más propio de mí que lo primero, porque no se puede perder lo que no se tiene. El caso es que me gusta lo que estudio, y no es algo tan obvio porque me ha costado comprenderlo. He pasado de adorar a mis profesores del colegio (en especial a los de Lengua y Literatura, que para algo es lo mío) a aterrizar en un universo paralelo donde la mayoría de los profesores son tus enemigos, y tú los tienes que sortear, como a los marcianos en el Space Invaders. Además, aquello que yo llamaba estudiar no era suficiente. He descubierto nuevas y duras dimensiones para ese verbo, que incluyen café, pepsi max, histeria, ojeras, e insomnio. Así, era difícil sentir la vocación profesional. Pasaba más tiempo escuchando a los demás que a mí misma, porque tenía miedo de escuchar algo que no quería oír de mis propios pensamientos. No hay nada que más asuste que el miedo a equivocarte, o peor, a haberte equivocado. Porque sí, todo tiene remedio, pero el tiempo es valioso y perderlo es el mayor de los errores.

De alguna manera, me han presentado el día de mañana como una frontera. Si te sale bien, vales para esto. Si te sale mal, date media vuelta y cambia de carrera porque ¿cómo vas a ser filóloga si no sabes comentar un texto? El de mañana no es un examen para el que puedas alegar mala memoria, o problemas de comprensión. Quien vale vale, y quien no para casa. Digo, que así me lo han presentado. Pero sé que se equivocan. Porque, aunque vaya a sudar sangre en ese examen (en palabras textuales de mi profesor, que es así de majo y positivo), aunque me olvide de todo lo estudiado, lo haga mal, y la pifie, la realidad es que no podría hacer otra carrera. No por falta de gustos o posibilidades (¡dame un abrazo, Magisterio!), si no porque es lo que se ha esperado de mi toda mi vida. Amalia, es de letras.   Amalia, vive entre libros. Papá, Amalia, ha escrito esto. Papá, Amalia no sabe hacer el pino, pero escribe poesía. Papá, la niña dice que no vale para escribir. Papá, no molestes a la niña que está escribiendo. Papá, la niña quiere imprimir una cosilla…. son cincuenta folios.

Papá, la niña quiere llegar lejos.

Y el examen de mañana, salga como salga, no va a impedírselo. Porque lejos, es a la vuelta de la esquina. Lejos, es lo que tenga en su cabeza. Y luego, ya se verá, si lejos es también el éxito. Que son dos cosas diferentes.

Me acaba de saludar una compañera de clase, que se ha venido a vivir también a la biblioteca. No me acuerdo de su nombre. Ella tampoco del mío. Hemos estado hablando dos minutos. Dice que va a suspender. Ya ha suspendido una. Ella también llegará lejos.

Adiós, Zambrano, que son las seis y me voy a casa. Que hoy ya no he podido estudiar, porque mi cabeza no tiene más espacio. Que como siga escribiendo, antes de dormir un rato, voy a empezar a desvariar demasiado. Mmm. Tarde para eso. Pues que sienten bien, mis desvaríos, que no quiero provocar a nadie una indigestión. Se recomienda acompañarlos de una buena dosis de empatía, que sin eso no se va a ningún sitio.

Comienzos

Tras tres horas de intentar entrarle a los apuntes de Literatura, me estaba aburriendo en la biblioteca (desde la que por cierto estoy escribiendo y recibiendo miradas asesinas como si el sonido de las teclas fuera a impedir aprobar a más de uno que trata de ensanchar su cerebro y lo que cabe dentro de él en ésta maldita época de exámenes) y como causa de ese aburrimiento, mi menté empezó a divagar.  Ésta clase de frases  largas y a menudo mal coordinadas son propias de mí, en especial cuando ando con algo de prisa, así que tendréis que disculparme, porque no voy a cambiar ahora mi metodología al escribir.
El caso es que, tal y como hago muy a menudo – y estoy segura de que bajo eso hay una enfermedad mental no diagnosticada – empecé a tener diálogos internos conmigo misma y llegué a la inquietante conclusión de que quería escribir un blog. Uno a modo de diario, o de reflexión pausada de mi día a día, en el cual actuar como si al otro lado de la pantalla hubiera alguien capaz de entretenerse con mis palabras.
No quiero ilusionar a nadie, ni siquiera a mí misma. Mi vida no es nada fuera de lo común (más allá de que todas las vidas lo sean a su manera) y  tampoco voy a encontrarme con un loco inteligente que me meta en líos y dé emoción a mi existencia, como le sucede a John Watson al conocer a Sherlock Holmes en la prometedora serie de la BBC. Si alguien espera la narración de disparatadas aventuras con un punto de comedia británica, entonces le sugiero que deje de leer aquí mismo y haga una visita a los dos blogs que he dejado más arriba, de los personajes ya mencionados, pinchando en sus nombres (tengo entendido que son webs oficiales, escritas por Joseph Lidster).
Tampoco pretendo ponerme demasiado filosófica, aunque me temo que en su justa medida va a ser inevitable, porque la filosofía forma parte de la esencia de quien  [os] escribe.  En cualquier caso, para ese y otros fines más literarios tengo otro blog (al que debería hacer más caso, por cierto) y que os ruego visitéis si creéis que esos temas os pueden interesar.
Una vez dicho lo que no va a ser éste espacio, dejaré que simplemente sea, y no me esforzaré por clasificarlo en un género que, con toda seguridad, acabaría por no amoldarse a la mayoría de las entradas que aquí se registren. Añado como curiosidad que el título del blog (Antología no poética) es un triste juego de palabras que se me ocurrió porque estaba leyendo una antología de Cernuda, y que al crear la dirección URL me equivoqué y puse “antalogía” por un error fonético que cometo a menudo, a pesar de saber que no es esa la correcta pronunciación de la palabra (que nadie se ría, que hay otros por ahí que dicen “cocreta” en vez de “croqueta”). Afortunadamente, me di cuenta y ya lo cambié.
Para acabar, supongo que si voy a contar aquí determinadas cosas que me sucedan es lógico y necesario introducirme a mí misma, a mi yo real y no informatizado. Se intentará, de alguna manera… Como habréis deducido de mi nick, me llamo Amalia. Lo que espero que no hayáis intuido, o tendré que preocuparme de vuestras dotes de adivinación, es que tengo dieciocho años, soy de Madrid, y estudio primero de carrera. De una en concreto, es más; Grado en español: lengua y literatura. Si alguno me conoce fuera del mundo virtual ésta le habrá parecido una descripción algo pobre y deficiente de mi persona, pero para todo aquél futuro conocido y para mí misma, es sólo un comienzo. Dejad que con el tiempo y las sucesivas entradas se vayan dejando percibir los pequeños y absurdos detalles de mi personalidad, y hasta entonces, simplemente, gracias por leerme.